Los investigadores asociados del IEAM analizan en Demócrata la reciente crisis de Ceuta desde las dinámicas migratorias del Sahel y proponen que Europa pase del control fronterizo a una estrategia basada en la anticipación.
Ehameye Ag Mohamedoun y Roméo Gbaguidi, investigadores asociados del Instituto Español de Análisis Migratorio (IEAM).
Demócrata ha publicado un artículo de opinión de Ehameye Ag Mohamedoun y Roméo Gbaguidi, investigadores asociados del Instituto Español de Análisis Migratorio (IEAM), titulado «Más allá del espejo de Ceuta: una lectura africana y estructural de las crisis fronterizas». El texto sostiene que lo ocurrido en Ceuta debe entenderse como el síntoma visible de transformaciones estructurales más profundas de la movilidad subsahariana, y no únicamente como un fallo puntual en la gestión fronteriza o una emergencia de seguridad.
Una onda expansiva que llega desde más al sur
Los autores señalan que la opinión pública europea suele interpretar episodios como el de Ceuta mediante la metáfora de una «oleada» que golpea las puertas de Europa. La perspectiva desde África Occidental y el Sahel es distinta. Según explican, Ceuta no es el inicio de una crisis, sino el síntoma inevitable de cambios estructurales en la movilidad subsahariana que Europa insiste en abordar únicamente desde la lógica del cierre de fronteras.
La ilusión del cierre
El artículo examina los efectos de la prolongada estrategia europea de externalización del control fronterizo, que ha desplazado la línea de defensa hasta el interior del Sahel. Según los autores, el endurecimiento de los controles y la criminalización de las rutas tradicionales no han reducido la voluntad de desplazarse de los migrantes; han transformado y profesionalizado las redes que organizan sus trayectos. Describen una «industrialización» de los flujos migratorios en el Sahel, con redes de tráfico que recurren cada vez más a convoyes nocturnos guiados por GPS, terminales Starlink y teléfonos por satélite para atravesar las zonas fronterizas de Mauritania, Argelia y Mali.
Mayores costes, mayores riesgos
Los autores destacan el coste económico y humano del endurecimiento de los controles. El cierre de las rutas tradicionales empuja a los migrantes hacia caminos desérticos sin señalizar y extremadamente peligrosos. Esta transformación permite a los grupos criminales imponer lo que los autores denominan «impuestos revolucionarios», con aumentos de al menos un 40 % en las tarifas de algunos tramos clave. En ciertos casos, los migrantes quedan atrapados en situaciones de trabajo forzoso o servidumbre por deudas para pagar los costes del transporte.
Perfiles distintos, una escala diferente
El artículo señala que quienes cruzaron durante los recientes acontecimientos de Ceuta eran, en su mayoría, adolescentes y jóvenes procedentes de zonas urbanas y periurbanas de Marruecos, impulsados por la precariedad, el desempleo y la falta de perspectivas. Los autores advierten de que un escenario protagonizado por migrantes subsaharianos bloqueados durante meses o años en países de tránsito y dependientes de redes de tráfico plantearía un desafío de una escala muy diferente para los sistemas de acogida y la diplomacia europea.
La fragilidad de la externalización
El texto subraya la fragilidad estructural de un modelo que delega el control de las fronteras en terceros países. Cuando un Estado socio vincula la gestión fronteriza a sus intereses bilaterales o geopolíticos, sostienen los autores, la frontera deja de ser un espacio de regulación jurídica y se convierte en un instrumento de presión estratégica. La fuerte dependencia europea de la cooperación policial de terceros países debilita su propia gobernanza migratoria y la expone cada vez que se deterioran las relaciones diplomáticas. Los autores consideran que el nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, aplicable desde junio de 2026, sigue centrado en gestionar las crisis cuando llegan a territorio europeo, sin abordar las condiciones socioeconómicas y de seguridad de los países de origen y tránsito.
Una llamada a cambiar de enfoque
Los autores proponen tratar la seguridad fronteriza y el respeto de los derechos humanos como dos pilares inseparables de una política sostenible, en lugar de presentarlos como objetivos contrapuestos. Plantean cuatro prioridades para Europa y sus socios africanos:
- Sustituir la reacción por una anticipación apoyada en el conocimiento sobre el terreno de las dinámicas de asentamiento, captación y bloqueo a lo largo de las rutas del Sahel y el Magreb.
- Reconocer a las organizaciones comunitarias y a los actores locales de la sociedad civil como fuentes esenciales de información, porque documentan realidades como el endeudamiento forzoso y la reconfiguración de las rutas que las estadísticas, por sí solas, no reflejan.
- Invertir en desarrollo territorial y movilidad legal para afrontar la exclusión social y la falta de perspectivas que afectan a los jóvenes tanto en el Magreb como en el Sahel.
- Desarrollar corredores de protección humanitaria y canales de movilidad regulada que sustituyan a las rutas clandestinas y debiliten el modelo económico que sostiene a las redes de tráfico.
Una responsabilidad compartida
El artículo concluye describiendo las fronteras como puntos de convergencia de las desigualdades de desarrollo y de los fallos de la gobernanza global, y no simplemente como líneas que puedan cerrarse por la fuerza o cuya gestión pueda delegarse en terceros países. Los autores consideran una ilusión peligrosa confiar únicamente en el refuerzo policial ante movimientos impulsados por la precariedad económica y la falta de oportunidades. Por ello, reclaman una cooperación bilateral y multilateral más equilibrada, basada en la transparencia, la inversión en la juventud y el respeto efectivo de los derechos fundamentales.

